¿En qué medida la ciudadanía puede contrarrestar la posverdad — Fake-News — de los medios de comunicación masivos?

El fenómeno de las noticias falsas no es nuevo. Tiene una larga data. Aristóteles en su libro, La retórica, sugería a sus lectores que: “es preferible lo imposible verosímil que lo posible inverosímil”, dando paso a una de las paradojas más famosas dentro del mundo de la comunicación y de la filosofía en general.

Por  Felipe López  y  Juan Pablo Pezo

En la antigua Grecia, Sócrates rechazó dedicarse a la política para consagrarse a la perrêsia en todas las plazas públicas de Atenas. Este concepto, en castellano, vendría a ser el hablar libremente como un valor simbólico-ético de decir la verdad, aun cuando corre peligro la propia vida. Desde aquellos tiempos hasta siglos recientes, el debate político tenía a las asambleas nacionales o parlamentos como la arena predilecta de discusión. En el siglo XX, con la proliferación de los medios de masas como la radio y posteriormente la televisión, los grandes discursos y debates se trasladaron  hacia los medios de comunicación.

El marketing político y las elecciones

El marketing político, concebido como una práctica para estudiar, satisfacer y gestionar las demandas del mercado electoral, es la mezcla entre la ciencia política y el mundo de los negocios-publicidad. Se dice que fue Franklin Roosevelt el primer político que empleó las recetas del marketing en 1932, utilizando la radio como su gran aliado para ganar las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Así, el uso de la radio constituyó, entonces, una gran revolución en el mundo político de la época. Los candidatos debieron adaptarse a este nuevo medio de comunicación, que les permitía llegar directamente a las viviendas de los electores.

Posteriormente, la televisión revolucionó el marketing político. A partir de ese momento ya no se trató de poseer una capacidad oratoria, sino que también se comenzó a aplicar técnicas de lenguaje corporal y de imagen. Hitler, por ejemplo, registraba audiovisualmente sus discursos. Usó la retórica, el lenguaje audiovisual y la actuación teatral como recursos de persuasión. El führer fue gran admirador de Charles Chaplin, a quien tomó como modelo, imitando sobre todo las posturas corporales del actor. Se dice que el alemán se encerró solitariamente en un cine para ver el estreno del filme El Gran Dictador. En el presente siglo, catalogado como la era de la sociedad del conocimiento, la revolución del marketing político continuó evolucionando gracias a internet y a las redes sociales, como una forma de comunicación más espontánea y directa. Fue Obama quien sorprendió el escenario de la política global con un equipo especializado llamado Obama for America (OFA) que creó una gran base de datos con la ayuda de las redes sociales. El equipo de OFA logró obtener 35 millones de fans en Facebook, 24 millones de seguidores en Twitter y 100 millones de visualizaciones de videos por internet.

El general de la posverdad

Las redes sociales son hoy un terreno clave para triunfar por las buenas o las malas, es decir, mintiendo, calumniando o desacreditando a los rivales, como lo aconsejara Maquiavelo (ya conocida es la frase apócrifa atribuida al florentino del «fin justifica los medios»). La política –como arte de la manipulación– se ha caracterizador por ser turbia, poco ética, sin fair-play, siempre se ha mentido para derrocar al enemigo. En Chile, la instrumentalización de la verdad y el recurso a la mentira tiene una historia. Más recientemente, la dictadura cívico-militar encabezada por Pinochet, con la ayuda de todos los medios, mintió y construyó una campaña engañosa para la franja del plebiscito de 1988.

Es en ese nuevo paradigma, entre verdad o mentira -como un péndulo de dos fuerzas que se oponen y que luchan por el poder político- que aparece la posverdad, constituyendo una estrategia válida y éticamente incorrecta que ilumina el oráculo de la manipulación masiva del marketing político. La posverdad se puede definir como: circunstancias en la que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y la creencia personal. Por consiguiente, y a la luz del rol protagónico de este fenómeno en el combate político a nivel global, es importante recalcar que su aparición data del año 2016, según el Oxford English Dictionary.

La demagogia es un arma eficaz. Por ejemplo, el presidente actual de los Estados Unidos, Donald Trump, usó algunas estrategias de corte populista: Una retórica discursiva simple y eficaz sustentada en el miedo y las amenazas permanentes. Para ello, en su campaña, Trump puso énfasis en la población blanca de los estratos medios-bajos, explotando en sus discursos los prejuicios hacia los inmigrantes, la competencia desleal de que el país es víctima de una competencia desleal en los mercados internacionales, la inseguridad ante el terrorismo y el racismo hacia los afro-norteamericanos. Ante esto, es necesario plantearse: ¿Cómo una campaña electoral basada en el miedo puede funcionar? ¿Por qué Trump creyó que los ciudadanos norteamericanos podían adherir a su mensaje? En realidad, no es tan difícil de comprenderlo. Lo que hizo fue seguir un adagio, que ha sido atribuido apócrifamente al dictador nazi y a su asesor, Joseph Goebbels, según el cual una mentira repetida diez veces sigue siendo una, sin embargo, una mentira repetida dos mil veces se vuelve verdad. Trump acusó sistemáticamente a sus adversarios de mentir, pero –en la práctica– era él quien mentía. El periódico The Washington Post ha publicado una decena de artículos que demuestran que el 70% de las declaraciones del mandatario norteamericano eran mentiras o verdades a medias.

Sócrates, Foucault y la filosofía de la verdad

La filosofía es y ha sido siempre una herramienta de gran valor para el ejercicio de la razón. Según la Unesco, la filosofía es una escuela de libertad, contribuye a la maduración intelectual de las personas, entrega o proporciona los instrumentos para responder a los grandes enigmas y ayuda a discernir los asuntos relacionados con la ética individual y social. En tiempos de posverdad, es un escudo contra los intentos de manipulación colectiva y una vacuna eficaz contra los ante dogmatismos y mentiras.

En efecto, para responder a nuestra problemática central, la herramienta más eficaz contra la posverdad es ser un lector curioso, buscar fuentes creíbles de información; en lo posible, profundizar con informes de instituciones que poseen cierta legitimidad o con trabajos empíricos de corte académico o de buscar autores especialistas en la materia, como Michel Foucault, que dedicó la última parte de su obra a estudiar la relación entre la política y la verdad.

En este sentido, los estudios que versan sobre la verdad, son útiles para analizar la estrategia de la que se sirvió Trump en su campaña por la presidencia. Asimismo, se puede criticar la famosa idea de “Chilezuela” (que Chile cae en el populismo), que promovió la derecha chilena para ganar las elecciones presidenciales de 2017 y la que está también, indirectamente, ayudó a Bolsonaro a ganar las elecciones en Brasil. Para Foucault, la verdad no refleja la realidad, la crea, la construye; produce “efectos de verdad”. Si una persona, si un sujeto, si una comunidad, si una sociedad piensa que tal o cual cosa es “verdad”, actuará en consecuencia. El pensador galo lo llama “regímenes de verdad”. La verdad se produce en las instituciones que tienen la legitimidad para hacerlo; es decir, centros educativos, universidades, centros de investigación, medios de comunicación, el Estado, entre otros. O bien, en las instituciones que están a cargo de difundir la verdad e imponerlas como válidas. Léase los famosos think tank o grupos de lobby.

Las “fake news” en Chile. Historia de una infamia. Del mito mediático a la estrategia para la desinformación

Retomando los argumentos anteriores, el fenómeno de las noticias falsas no es nuevo. Tiene una larga data. Aristóteles en su libro, La retórica, sugería a sus lectores que: “es preferible lo imposible verosímil que lo posible inverosímil”, dando paso a una de las paradojas más recurrentes dentro del mundo de la comunicación y de la filosofía en general. En palabras sencillas, esto equivaldría a decir, por ejemplo, que un político será acusado de corrupto porque su partido está involucrado en casos de malversación de fondos y tráficos de influencia, aun cuando fuese inocente y actuase con completa diligencia en estos asuntos. Sería como el silogismo del “dime con quién andas y te diré quién eres”. Nunca habrá certeza, salvo lo que considere la justicia y la opinión pública, que serán siempre verdades jurídicas, en el primer caso o morales, en el segundo. A mayor capacidad de persuasión, menor garantía de veracidad. Tal como aseveró Epicteto de Frigia: “la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad”. Por el contrario, señalar que es real que unos alienígenas llegaron a la tierra, corresponde a una gráfica de la segunda posibilidad de la cita del pensador griego. En algunos casos la verosimilitud está sujeta a la interpretación, no es mimética –no representa fielmente a la realidad– y, por lo tanto, requiere de mucha habilidad para sostenerla.

El mito mediático: Un caso

 En la cultura popular hay varios casos notables de verosimilitud y sus efectos. Desde películas hasta comics. Quizá, dada la temática de este artículo, cabe recordar el fondo de inversiones privados de Rafael Garay Pita, que fue –en sus mejores tiempos– asesor financiero, académico, comentarista televisivo, candidato a senador y la mejor versión de sí mismo: el ser un “emprendedor”. En este último rol fue que estafó a una decena de personas (entre ellas figuras del jet set), condenado a la cárcel, luego de una serie de acontecimientos dignos de una película de Hollywood. La construcción mediática de su figura era tan fuerte que nunca se puso en duda su integridad. Menos su viaje por motivos médicos a Europa. Cuando comenzaron a salir a la luz los testimonios de las víctimas de Garay, la pauta informativa cambió. Con ello también el trato de los medios. Se utilizó un lenguaje que osciló entre la sorpresa y la injuria. Se realizó un seguimiento tan acucioso que a ratos parecía una telenovela. Garay es capturado en Rumania casi sin dinero, en la clandestinidad y lo más milagroso sin cáncer (porque nunca lo tuvo). A su regreso, la expectación era tal que más que un juicio parecía una especie de linchamiento popular. La televisión había hecho lo suyo. En una entrevista concedida por el propio ingeniero a la revista El Sábado del consorcio Edwards, se observa a un individuo distinto al personaje. Se declaraba “adicto al alcohol” y que no era un estafador. Parte del cuestionario periodístico dejaba la duda sobre la idoneidad mental de Garay. Fue como el mito de Saturno que devora a sus hijos, siendo el economista el blanco de la prensa.

Otro claro caso emblemático lo es también, en Inglaterra, el de Christopher Jefferies, profesor de literatura acusado de asesinato y condenado –primero- por la opinión pública que por los tribunales. Su apariencia al estilo Andy Warhol, de cabello blanco y alocado; su particular comportamiento excéntrico y maniático, sumada a la necesidad de consumo de la “crónica roja o policial” (whodunit) del público británico, eran los ingredientes precisos del cóctel que utilizó la prensa para resolver la autoría de la muerte de una joven de 25 años en Bristol. Luego de más de veinte días de masacre al honor de Jefferies, la policía atrapó al verdadero culpable, un vecino del docente que había levantado falso testimonio en su contra. ¿Cuáles fueron las consecuencias de este caso? Los periódicos involucrados fueron obligados a pagar una indemnización a Jefferies, además, se incluyó este caso dentro del informe Levenson (liderado por el senador Lord Justice Leveson) que investigó las prácticas y la ética de la prensa británica.

Una trayectoria infame

 El inventar noticias tampoco es nuevo. Emblemática es la historia de la periodista Janet Cooke que realizó un reportaje para el diario The Washington Post sobre un niño de 8 años heroinómano. Cooke ganó el premio Pulitzer por su texto, que resultó totalmente falso: Las fuentes no eran corroborables. No existía ningún Jimmy, nombre del pequeño adicto. Eran solo elucubraciones de la reportera. Las consecuencias fueron la aclaración del ombudsman, Bill Green, del error con los lectores y suscriptores, de tal forma de no afectar la credibilidad del medio. Se pensó que ésta era una maniobra en contra del director del periódico Benjamin Bradlee y del editor Robert “Bob” Woodward, célebres por el escándalo Watergate.

En suma, la pregunta central es: ¿Para qué elaborar textos periodísticos falsos? ¿Por qué se intenta manipular a la opinión pública con fines políticos? La primera incógnita es muy difícil de responder. El ámbito de las motivaciones humanas es casi tan amplio e inabarcable como el tratar de contar cada uno de los granos de arena de una playa. A lo que sí podemos recurrir es a la historia, que nos permite aproximarnos a una respuesta. La prensa, si consideramos la historia de la humanidad en una larga duración, es de data reciente. Al menos distingamos que durante el siglo XVIII hasta mediados del XIX tuvo un uso propagandístico (divulgación de ideologías políticas, principalmente). Sería hasta 1851, año en el que se fundó la agencia de noticias Reuters, que la actividad periodística devino en una ocupación muy lucrativa. Con ello, además, durante la guerra de Secesión, se desarrolló un formato, el de la pirámide invertida, que jerarquizaba la información y estandarizaba la manera en la que se debía escribir. En Chile, en tanto, de acuerdo a lo que señala Carlos Ossandon y Eduardo Santa Cruz, el periodismo de empresa inició con la creación del diario El Mercurio en 1900 ¿En qué consiste este modelo de negocios? Se trata de una administración racional, eficiente, del uso de recursos y de nuevas tecnologías, del perfeccionamiento de técnicas propias de la disciplina y lo que sería el golpe maestro a otras publicaciones de su género: la profesionalización de la actividad. En un breve plazo, El Mercurio dominó por completo, en unos pocos años, el mercado informativo.

Si el principal diario de Chile es una empresa ¿cuál debería ser su lógica de actuación? Héctor Borrat sugiere que los periódicos buscan lucrar e influir. En esto son actores políticos relevantes, que están presentes en los conflictos (donde son mediadores, amplificadores y gestores, entre otros). Al respecto, resulta pertinente citar la necesidad que tienen los medios de mantener el status quo o de dividir para imponerse. Es de conocimiento público la participación de El Mercurio en los procesos políticos acaecidos en Chile en las últimas décadas. Sobre todo en el periodo anterior a la Unidad Popular y durante la dictadura de Pinochet, donde abundaron las noticias falsas, injuriosas y difamatorias. No fue el único periódico involucrado. Fueron cómplices radioemisoras y estaciones de televisión. Nunca hubo una sanción judicial de por medio, situación que legitimó este tipo de prácticas deontológicas en el imaginario nacional. Célebre es la frase del lienzo colgado en el frontis de la casa Central de la Universidad Católica en 1967, en el contexto de la toma estudiantil de ese año, que decía: “El Mercurio miente”. El sociólogo belga Armand Mattelart, junto a su esposa Michele y Mabel Piccini, escribieron un ya clásico estudio, titulado: Los medios de comunicación de masas: La ideología de los medios de comunicación liberal en Chile (1970), donde se da cuenta de la concentración de los media y de los intereses económicos y políticos que se intentó promover. Además, este estudio desarrolló y perfiló al nuevo consumidor de información, que se decanta por las noticias románticas, de gossip (farándula) y de ídolos juveniles (cine, música y deportes).

Hace unos años atrás, el Colegio de Periodistas de Chile sancionó a Julio López Blanco, reportero de Televisión Nacional (TVN) durante la dictadura; a Claudio Sánchez, de canal 13 y a otros profesionales de la información como Vicente Pérez Zurita y Manfredo Mayol, directivos de TVN, con la pena de censura pública y la suspensión de su colegiatura por el montaje de “Rinconada de Maipú”, que fue un falso enfrentamiento entre la Dirección Nacional de Inteligencia (Dina) y militantes del partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionario (Mir) realizado para encubrir el asesinato de seis personas a manos de la Dina.

Como se puede apreciar, la redacción de noticias falsas, por ejemplo, en un contexto como el de la dictadura chilena, fueron parte de la estrategia de desinformación y de minimización del terrorismo de Estado que acabó con miles de personas desaparecidas, otras asesinadas o en el exilio. El famoso “plan Z” –redactado en 1973 días después del Golpe militar, con el título de Libro Blanco del cambio de gobierno en Chile– fraguó su ardid en la prensa nacional a través de una noticia publicada por los diarios Las Últimas Noticias. El Mercurio, en el que se aseguró “la existencia de un plan destinado a decapitar la cúpula militar y eliminar a la oposición al gobierno de Allende” (reportaje de Francisco Martorell en La Nación, “Letras cómplices”, 31 de diciembre de 2006). El periodista Julio Arroyo Kuhn, corresponsal en Concepción de dichos medios, había recibido de buena fuente (Inteligencia de la Armada) tal información. Sucedió algo similar con el paradero de los detenidos de desaparecidos y el uso instrumental de la prensa. La operación “Colombo” se orquestó para encubrir la muerte de 119 personas, víctimas del régimen (Véase el libro “119 de nosotros” de Lucía Sepúlveda). La idea era posicionar en la opinión pública el argumento de las supuestas “purgas” internas y ajusticiamientos entre los miembros del MIR. Colaboraron en esto la inteligencia argentina y brasileña, que reprodujeron en las revista Lea y Novo O’Día, respectivamente, la fake news del enfrentamiento entre miristas. En tanto, en Chile, La Segunda publicó la noticia con un titular deleznable que forma –lamentablemente- parte de la memoria colectiva: “Exterminados como ratones. 59 miristas caen en operativo militar en Argentina” (Consúltese el reportaje de Francisco Herreros en El Siglo, “La prensa canalla y la violación de los derechos humanos”, 4 de noviembre de 2005).

Hubo otros grandes montajes por parte de la prensa chilena. La operación “Albania” o “matanza de Corpus Christi” –donde las fuerzas del Estado mataron a doce militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez”, entre el 15 y el 16 de junio de 1987, en represalia por el atentado que había sufrido Pinochet unos meses antes en el Cajón del Maipo– fue una de ellas. Los periódicos testaferros de la dictadura publicaron una serie de noticias falsas. Si bien las fotografías correspondían a los hechos, el relato, al límite de la difamación, destruía la honra de los muertos y aseguraba que estos eran parte de un enfrentamiento. Así lo aseveraron La Tercera, El Mercurio y La Segunda, una vez más.

A inicios del dos mil, el periodista norteamericano Ken Dermota escribió el libro Chile inédito. El periodismo bajo democracia, donde daba cuenta de las motivaciones que llevaron a los empresarios de la prensa a hacer la vista gorda y a desinformar a la opinión pública. Según este autor, el consorcio Edwards y Copesa tuvieron deudas con el Banco del Estado (1981), razón que les hizo depender del gobierno económicamente hablando y de ayudar –moralmente– a la dictadura a afianzar su proyecto. Se dice que ambas colectividades estaban prácticamente al borde de la quiebra. En 1989, para no tener ningún vínculo financiero con el fisco, vendieron sus débitos a la banca privada. Con la Concertación ya en el gobierno, este duopolio continuó financiándose con aportes fiscales: (70% de la publicidad estatal). Así se fraguó un contexto de “paz veneciana” por parte de estos medios, que decidieron dedicarse a la contingencia. En especial, a la crónica roja y a la farándula. Con ello, además, se fijó la pauta informativa en las radioemisoras y televisión (hoy en los portales virtuales de dichos medios). Es cosa de ver que comparten los mismos temas y contenidos multimedialmente, es decir, en otros formatos. Otros medios alternativos y críticos desaparecieron paulatinamente al no tener financiamiento por publicidad (proveniente del Estado) ni por tener la opción –por liquidez- de acceder a créditos. Fue el caso de La Época, Diario 7 y Rocinante, entre otros.

Más allá del discurso crítico que hoy impera en contra de los media y del poder que tienen las redes sociales, lo importante es no perder de vista nuestro rol como lectores, tal como el “espectador emancipado” de Jacques Rancière, ése que es capaz de distinguir la paja del trigo sin necesidad de que otro le diga qué es realmente lo que debe interpretar.

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