Libros en Navidad

No se trata de poner en interdicto la faena intelectual de una persona ni sus redes, menos juzgar con ojos del presente el contexto de producción y el campo literario, entre otros, ya que eso resulta anacrónico. Con esto no pretendo hacer una defensa a una ética relativista, que atenúa o carga, a conveniencia, la responsabilidad histórica; más bien, pretendo –desde la hermenéutica– entregar algunos fundamentos para comprender (en sentido amplio) a un autor más que a sí mismo.

Por  Felipe López

Casi todos los estudiantes de historia, sociología o filosofía son seducidos por los grandes nombres. Incluso el gran público y las audiencias masivas. A mí me pasó. Probablemente a otros no. La máquina editorial inunda los escaparates con las últimas publicaciones de un autor que critica férreamente el mismo sistema que lo promociona. Es el capital simbólico que tiene un pensador en el que su “fama” o “prestigio” antecede sus ideas, o bien, dada por estas mismas, se ha convertido en un best seller que dota –según este punto ciego del mercado– de “municiones para disidentes” . Así, por ejemplo, han llegado a mis manos libros muy disímiles. Algunos en Navidad, otros en el día de mi cumpleaños. Mis amigos/as y mi familia creyeron que, dada mi afición por la filosofía, leería a cualquier autor. En cierta forma, su modo de razonar tiene un asidero en la realidad: Soy lector asiduo y pluralista. Lo que no consideraron fue que no siempre sigo la moda editorial y que voy –preferentemente– a los clásicos. A su vez, estudio cada escuela y tradición, revisando el trabajo, primero, del maestro y, luego, del o los/as discípulos/as. Como a Heidegger y la respectiva crítica que le ha hecho Emmanuel Faye (Heidegger, l’introduction du nazisme dans la philosophie: autour des séminaires inédits de 1933-1935 [hay una edición en español por la editorial Akal] y Arendt et Heidegger. Extermination nazie et destruction de la pensée), Hassan Givsas (Une histoire consternante: Pourquoi des philosophes se laissent corrompre par le “cas Heidegger”) y Heleno Saña (La filosofía de Heidegger. Un nuevo oscurantismo). Asimismo, he seguido con atención a Hannah Arendt (Eichmann en Jerusalem) y Hans-Georg Gadamer (Verdad y método), considerados colaboradores y herederos de Heidegger. A pesar de las pruebas y testimonios que pesan en contra del autor de Ser y tiempo (Sein und Zeit), ¿es necesario estigmatizar su obra? O bien, hacer objeto de culto y devoción sus enseñanzas a modo tal de revitalizar ideologías políticas trasnochadas ¿Cuál debiese ser el camino que tenemos que tomar como lectores y consumidores de información?

En efecto, imagino a la turba enardecida detrás de los libros para su envío a la pira o a la omisión de su lectura por no querer ser sindicado como cómplice. Esto último nos llevaría a la consolidación de un prejuicio, a la ausencia de un combate de argumentos y a una censura a priori. En consecuencia, el acto de leer, como forma de rebeldía y de absorción del conocimiento, se transformaría, de acuerdo a estas prácticas, en un mero formalismo. Uso el tono condicional porque identifico una tendencia a estigmatizar autores y a leerlos desde la contemporaneidad. Como señala Emilio Lledó :

“La obra, cualquier forma de escrito, es resultado […] de un proceso temporal cuyo final es también parte de un tiempo, aspecto parcial de una totalidad, donde se suman los múltiples instantes en los que cada tiempo, que fluye por la consciencia, ha significado, con actos de escritura, por ella. (p. 124)
|
Por ello sugiero que –como lector/a– se haga las siguientes preguntas: ¿Podemos reproducir en la realidad el tiempo y espacio en el que una obra se pensó y se escribió? Si la respuesta nos resulta imposible (porque el tiempo no va hacia atrás), solo nos queda la lectura y la fusión de horizontes entre el presente del sujeto que lee y el cúmulo de experiencia detrás del texto y su autor. El pensador estonio Iuri Lotman, nombre ubicuo de la Escuela de Tartú, acuñó un término de poliglotismo, que es la presencia de una o mil voces en una cultura y, además, en documentos y monumentos, (usando la categorías de Le Goff), escritos y conservados, respectivamente, que generan –más allá de su materialidad– un significado en los receptores.

Para que se entienda aún más esta idea, les pongo un ejemplo. El 23 de junio de 1940, Hitler posó, junto a Speer y Breker, en el mirador del Trocadero de París . Inmortalizaron el momento con una fotografía. Era la representación triunfal de la victoria nazi en Francia. El líder alemán se encontraba en el mejor momento de su marcha oligofrénica por el poder de Europa. Fue una especie de metáfora visual que simbolizó, a mi parecer, la caída en desgracia de los franceses, tal como la jugada final de un match de ajedrez, en donde el Rey cae luego de un jaque mate. El lugar escogido no era cualquiera, es el mejor sitio para ver el orgullo de arquitectónico de los galos, la torre Eiffel, y, además, fue el escenario donde los soldados franceses conmemoraron la batalla de la isla del Trocadero de Cádiz, España, de 1823. A su vez, ahí existió el palais du Trocadéro, edificio construido en la colina Chaillot a propósito de la Exposición Universal de 1878, que sería reemplazado, años más tarde, por el Palacio Chaillot levantado también por motivo de la celebración de otra Feria, la de 1937. Posterior a la imagen del führer, en 1945, sirvió como espacio para realizar las exequias del escritor Paul Valéry. Como se aprecia, este lieu de mémoire es un palimpsesto abierto, enquistado en el pleno corazón de la ciudad de las luces, que puede ser interpretado como un cúmulo de experiencias colectivas. En esto cada cual, dependiendo de sus intereses, valora, significa o resignifica un lugar. Trocadero es hoy una parada obligada de los miles turistas, que muchas veces ignoran los sucesos o acontecimientos que se dieron tregua allí. Por lo anterior, ¿se puede decir que éste es o sería un lugar de culto de los admiradores del dictador alemán? ¿Visitaría usted, a sabiendas de su historia, este mirador? Lo mismo sucede con un libro y su autor. Como señala Fernando Pessoa en el Libro del desasosiego:

“Saber que será mala la obra que no se ha de hacer nunca. Peor, no obstante, siempre será la que nunca se haga. La que se haga, al menos, queda hecha. Será pobre, pero existe, como la planta raquítica en el único jarrón de mi vecina tullida. Esa planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo y reconozco que es malo, puede también ofrecer unos momentos de distracción peor a algún que otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero de algún modo es útil, y así es toda la vida”.

Por una parte, resulta clave mirar los periódicos españoles (El País y El Mundo, por ejemplo) que han publicado, luego de la conmemoración del día de la hispanidad y el retiro de una estatua de Cristóbal Colón en California, Estados Unidos, una serie de artículos referentes a la figura del navegante genovés y la interpretación de sus actos en la actualidad. Han opinado académicos, historiadores, miembros de comunidades autóctonas y hasta los usuarios de redes sociales. El juicio es categórico. Lo mínimo es el uso de la palabra genocidio, por un lado y, por otro, se emplea el comodín del contexto. Pierre Nora señalaba que la batalla por la memoria se dará en el espacio público, pues es ahí donde se conserva parte de la memoria colectiva. Es lo que el historiador francés acuña, en forma más canónica como: “toda unidad significativa, de orden material o ideal” que tiene una comunidad. Eso sí, borrar de cuajo todo vestigio de memoria, es peligroso. Hacer un revisionismo histórico, también. Sobre todo si hay intereses ideológicos de por medio y no de método en esta faena. Soy de la idea de que no existen verdades absolutas, tal como el aforismo nietzscheiano de “no hay hechos, solo interpretaciones” y en la senda de Paul Veyne, que definió la historia como “un relato verosímil del pasado”. Con esto asumo el problema metafísico de la irreproductibilidad del tiempo pasado y de la verosimilitud como camino hacia una antropología textual, ya que ante todo somos texto, relato y, a la postre, víctimas de las palabras.

Por otra parte, si ha de pensar en un libro como regalo para un amigo/a, familiar u otro, no tenga en cuenta la lista de los más vendidos , que no necesariamente auguran calidad. Embargado por el pesimismo de Pessoa, creo que es preferible releer bien unos pocos, que leer muchos malos. Abrirse, asimismo, a otras estructuras, como leer en orden aleatorio y no continuo los capítulos de Rayuela de Julio Cortázar. Recomendar uno ya leído es sinónimo, además, de ampliar las interpretaciones, pues cada sujeto difiere el uno del otro, por ende, su lectura siempre será distinta. Así, contrastar puntos de vista diversos, puede ser enriquecedor.

Algunos apuntes a considerar:

– Un libro no necesariamente debe ser juzgado por su portada, más bien por su contenido.
– Sugiero comprar un libro de segunda mano, que uno nuevo. Si ya terminó de leerlo, hágalo circular.
– No se deje llevar por las modas ni por los climas de opinión desfavorables hacia un autor/a y sus ideas.
– Lea, comente y aprenda, de primera fuente, el contenido de un texto, teniendo en cuenta lo dicho por el/la escritor/a y el contexto de producción de la obra.
– Contraste y critique sin caer en los anacronismos. La historia no es un juicio –aun cuando la labor del historiador, como sugiere Carlo Ginzbug , se asimila a la de un juez– es más bien aprender de lo pasado, teniendo claro las limitaciones y problemas que cada sociedad ha debido enfrentar en el tiempo.
– Tenga presente que un regalo es una muestra del altruismo humano, ése en el que se puede dar sin esperar algo a cambio, que genera un vínculo de gratitud mutua entre el emisor y el receptor. Se trata, según Marcel Mauss , de la base de una economía cooperativista y solidaria, en la que el intercambio (sin fines de lucro) es lo esencial entre la relación entre dos personas. Hago tal alcance, pues en los próximos días el comercio bombardeará con publicidad las calles y medios de comunicación con mensajes navideños, que toman como referencia la generosidad, aunque –en el fondo– solo les preocupa la venta y el consumo. Asimismo, se alimenta la ideología de demostrar el poder adquisitivo al adquirir el producto más grande o más costoso, solo por el hecho de querer equiparar el cariño a la materialidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *