París insurrecto: de la revolución de 1789 al “no va más” del 2018

Hay ciudades predestinadas para ser escenario de revoluciones y revueltas populares, de esas que de tiempo en tiempo empujan los límites de la libertad más allá de todas las convenciones sociales, políticas y culturales, que ponen en tela de juicio todo aquello que huela a autoridad y rompen sin contemplaciones las camisas de fuerza…

Por Vicky Torres

“Lo terrible es la indiferencia. Lo terrible es vivir sólo para uno.Lo terrible es no tener esperanza. Lo terrible es no soñar”  Poema de Oscar Fuentes, estudiante chileno de Ingeniería en Minas de la USACH, asesinado por carabineros en una manifestación anti dictatorial l9 de abril de l985.

Preámbulo

Mayo del 68 comenzó mucho antes de esta ahora mítica fecha del calendario. El descontento ya estaba en el aire y sólo faltaba la chispa para encender la hoguera. La chispa resultó ser aparentemente una reivindicación doméstica de los estudiantes de la Universidad de Nanterre, que devino en un amplio movimiento antiimperialista, anticapitalista y contracultural que, en ondas sucesivas, abarcó todos los continentes y en Europa conmocionó a la sociedad conformista-consumista construida sobre las ruinas de la Segunda guerra mundial y al alero del Estado de bienestar.

En los años inmediatamente anteriores se habían sucedido en el mundo las marchas de repudio a la intervención norteamericana en Vietnam, habían irrumpido el rock y “la revolución de las flores”, la píldora, la liberación sexual, los movimientos feministas, el pop-art, la revolución cubana, el ascenso de los movimientos guerrilleros, anticoloniales y progresistas en América Latina y África, la primavera de Praga, la revolución cultural en China… La ebullición de los movimientos sociales estimuló en gran medida la extraordinaria erupción del mayo parisino, epicentro de un levantamiento estudiantil por mayores libertades políticas, sexuales, culturales y sociales. Porque si hubo un momento en los “años dorados” post 1945 comparable con lo que habían soñado los revolucionarios desde 1917, ese fue Mayo del 68. Los estudiantes se rebelaron desde los Estados Unidos y México en Occidente, hasta Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia en el Este socialista.  Aunque Mayo del 68 distó mucho de ser una Revolución en el sentido de clase del término, fue también mucho más que el “psicodrama” o el “teatro callejero” que describiera desdeñosamente Raymond Aron y sobre todo, marcó el inicio de la agonía del prestigio del general De Gaulle en Francia, de los presidentes demócratas en los Estados Unidos, de las esperanzas que habían puesto los comunistas liberales en el comunismo centroeuropeo, que 21 años después se sellarían con la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento del campo socialista y la URSS.

Fue un año breve aquel de 1968 que comenzó el 22 de marzo con la toma de dos plantas administrativas de la facultad de Nanterre y terminó el 2 de octubre con la matanza de al menos 200 estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, en México. Bien sabemos que toda época revolucionaria se cierra abruptamente ya sea con elecciones o dictaduras, pero más generalmente con matanzas de trabajadores y estudiantes, que permanecen impunes para siempre. Sin embargo, sabemos también que después de  cada derrota social y política de los trabajadores y movimientos sociales, se abre inevitablemente una época de nuevos intentos revolucionarios, que pueden abarcar un continente, una región, un país o una ciudad.

En efecto, se diría que hay ciudades predestinadas para ser escenario de revoluciones y revueltas populares, de esas que de tiempo en tiempo empujan los límites de la libertad más allá de todas las convenciones sociales, políticas y culturales, que ponen en tela de juicio todo aquello que huela a autoridad y rompen sin contemplaciones las camisas de fuerza urbanas diseñadas por los arquitectos del poder de la clase dominante, esa eterna enemiga, cruel y también temerosa de la libertad de todo lo que se mueva o piense. Ciudades que sucumben a la seducción de las utopías libertarias. Quiero decir: ciudades como París.

Primer acto

Agosto de 1789. El pueblo de París enarbola la bandera de la Igualdad anti monárquica y en la “Declaración de los derechos del hombre”, deja claramente establecido que “Los franceses nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Pero a poco andar, la Igualdad no le parece suficiente al pueblo francés. En septiembre de 1792 la revolución – urbana, anticlerical y antimonárquica, pero sobre todo popular – da otro paso hacia el futuro y proclama la República: sufragio universal, derecho al trabajo, a la educación,  a la insurrección si el gobierno no acata lo que quiere la mayoría…. Y también y sobre todo, proclama “el Derecho a la Felicidad.”

Las monarquías europeas tiemblan ante la Francia revolucionaria. Austria y Prusia le declaran la guerra. Pero en septiembre de 1792, en Valmy, las tropas francesas derrotan por primera vez a un ejército prusiano. Louis XVI, acusado de traición,  pierde su real cabeza en enero de 1793. La guillotina – esa “guadaña de la igualdad”-, se abate sin descanso separando las empolvadas cabezas de los aristócratas, ricos y poderosos de sus cuerpos ahítos. Es el tiempo de los “bras-nus”, de los “sans-culottes”, de la plebe, en fin, del pueblo hastiado de abusos y pobreza, hambriento de igualdad y derechos. Inolvidables las palabras de mi amigo Jacques cuando visitamos el Museo del Louvre: “La riqueza obscena de este palacio justificaba con creces el resentimiento popular que abolió la monarquía y el feudalismo y proclamó la República”.

Segundo acto

Entre marzo y abril de 1871 el pueblo de París se alza esta vez contra el Estado, porque “el instrumento político de su esclavitud no podía servir como el instrumento político de su emancipación[1].”La democracia representativa ya no satisface al pueblo de París, una vez más hambriento y abrumado por la pobreza tras cuatro meses de asedio prusiano. Los Comuneros rehúsan que el gobierno provisional de Thiers les desarme y proclama soberanamente la democracia directa: autogestión de las fábricas desertadas por sus propietarios, guarderías para los hijos de las obreras, laicidad del Estado, abolición de los intereses de las deudas, remisión de los arriendos impagos, etc.  Es el “tiempo de las cerezas”, del canto del ruiseñor y del mirlo. La Comuna de los trabajadores de París:“…suprimió toda la farsa de los misterios y pretensiones del Estado… haciendo de las funciones públicas -militares, administrativas, políticas- funciones de los obreros reales, en lugar de atributos ocultos de una casta especializada”. [2]

El gobierno de Thiers pacta entonces una paz vergonzosa con los prusianos y acto seguido ordena el asedio de la Comuna. Los comuneros organizan la defensa: barricadas, adoquines y los mismos cañones con que habían defendido la ciudad contra el ejército prusiano. La remodelación de la ciudad, obra del arquitecto G.-E. Haussmann, favorece el asalto contrarrevolucionario: la Comuna sucumbe tras un mes de combates callejeros. Es la hora de la «Semana Sangrienta», del 21 al 28 de mayo. Miles de muertos yacen en las calles y entre los escombros de los edificios. El gobierno de Thiers ordena fusilar a diestra y siniestra. “Las listas oficiales confesaron treinta mil, pero cien mil y más, estarían menos lejos de la verdad”, escribirá más adelante Louise Michel. La misma que ante el tribunal que la destierra, exige y amenaza: “Ya que, según parece, todo corazón que lucha por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de esta Comisión”[3]. Paris ensangrentado vivirá en absoluto estado de sitio durante los siguientes cinco años.

Tercer acto

Mayo de 1968. A dos siglos de la Gran Revolución y a un siglo de la Comuna, la Libertad vuelve a tomarse las calles de París. Esta vez, la Universidad será el terreno privilegiado de la confrontación con el poder. El “plan Fouchet” del Ministro de Educación, que plantea reformar la enseñanza superior para acercarla al mundo empresarial, será el detonante. Los estudiantes cuestionan el sistema universitario y los valores que transmite. El 22 de marzo, Cohn-Bendit declara en Nanterre: “Nos negamos a convertirnos en ejecutivos para la explotación de los trabajadores”.

Desde los muros de la Facultad de Derecho de Assas, Breton proclama, que “La luz que crea la revuelta solo puede tomar tres caminos: la poesía, la libertad y el amor.” Evelyne recuerda el París de sus 17 años: “Paseaba por las calles de una ciudad  poética, ebria de libertad, sin calendarios ni horarios. Nunca había sentido París tan mío, tan seguro, tan libre”. Como dice Cencier, “La barricada cierra la calle, pero abre el camino“. La juventud de París se despoja de la razón, de las formalidades académicas, de las prohibiciones. Los intelectuales se apresuran a justificarse ante las asambleas estudiantiles, los artistas descienden del limbo. Ha llegado la hora de “Cambiar la vida. Transformar la sociedad” (Ciudad Universitaria). Sólo está “Prohibido prohibir” (Sorbona).

La memoria es obstinada: “¡Viva la Comuna!”, saludan los muros del Barrio Latino, y se proclama “el estado de felicidad permanente” (Ciencias Políticas). Desde los campus universitarios hasta las barriadas industriales rueda el eco de la consigna estudiantil: “La emancipación del hombre será total o no será” (Censier). Los obreros se toman las fábricas y los sindicatos apelan a “La voluntad general contra la voluntad del general” (Censier). El 13 de mayo comienza la huelga general e indefinida: más de 7 millones de huelguistas paralizan el país. In extremis, el general de Gaulle promete reformas. La crítica no se hace esperar: Empleó tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pudo hacer en diez años” (Grand-Palais). Sigiloso, el general se traslada a Baden-Baden, base militar francesa en Alemania, donde Jacques Massu, otro general, le garantiza su lealtad y la del ejército. Massu, héroe de las guerras coloniales de Francia en Indochina y Argelia, declarado partidario de la tortura… El 30 de mayo, De Gaulle emplaza a sus partidarios. La Francia “profunda” acusa recibo del mensaje y desciende en masa a los Campos Elíseos exigiendo el retorno del orden. De “su” orden, que dista mucho de la “imaginación al poder” (Sorbona). De Gaulle convoca elecciones y las gana. Fin del tercer acto.

Epílogo

París sigue seduciendo hoy a los millones de turistas que visitan sus calles y monumentos, escenario de todas sus batallas por la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad. La sociedad francesa, desembarazada por Mayo del 68 de la mochila del conservadurismo cultural y económico y de los resabios de las guerras coloniales,  es hoy sin duda mucho más libre, cultivada y plena que hace medio siglo. Sin embargo, no es un misterio para nadie que los derechos, una vez conquistados, han de ser permanentemente ratificados, reconquistados, defendidos de la rapacidad del poder político-económico que, tarde o temprano, intentará conculcarlos, minimizarlos, relegarlos al olvido, desaparecerlos. Así lo demuestran ayer Sarkozy y hoy Macron que, en plena bancarrota de imaginación, pretenden borrar las huellas de Mayo del 68 y ¿por qué no?, también de otras más antiguas, como las contempladas en los Derechos del Hombre y la proclamación de la República. Para ello combinan privatización de los derechos, Estado policial, políticas xenófobas, desmantelamiento de la educación pública y de las redes culturales, con declaraciones rimbombantes sobre el rol que les correspondería a los gobiernos de Francia y USA en la defensa de la democracia y la paz. Los mismos gobiernos que han instalado dictaduras, atacado e invadido países en todo el mundo y que hoy bombardean Siria con bombas químicas y se afilan los dientes para atacar a Irán.    

Vivimos en un mundo sumergido en una tensa expectativa, agobiados por la incertidumbre del presente y el temor a lo que el porvenir nos depara: cambio climático, espiral guerrera, lenta expropiación de derechos básicos, pérdida creciente de la seguridad laboral…  Sin embargo, aún sin saberlo, abrigamos la esperanza de que más temprano que tarde la utopía pugnará nuevamente por hacerse realidad, porque “duras son las etapas, mas no serán eternas; lo eterno es el progreso, que fija en el horizonte un nuevo ideal, cuando se ha alcanzado el que en la víspera se antojaba la utopía[4]. Sólo es cuestión de tiempo, de acumulación de malestar, de indignación, de oportunidad histórica. Es cierto que las guerras fortalecen las arcas de los capitalistas y nutren su ambición, pero también debilitan y desprestigian a sus gobiernos. Y entonces, “cuando, cansado de apretar a los pequeños, el puño del gigante afloje su presión”[5], habrá llegado la hora en que los trabajadores que laboran en todas las faenas y latitudes, se unan nuevamente para lanzarse a un nuevo asalto al cielo.

Sub-epílogo

El sábado 8 de diciembre, tras cuatro semanas de protestas que han abarcado todo el país galo y dejado tras de sí un cruel balance de manifestantes muertos, heridos y detenidos, el gobierno de Emmanuel Macron decidió “blindar” París movilizando a 89 mil policías para intentar frenar, que no resolver, mediante la represión, lo que hace poco menos de un mes comenzara como un problema económico, para transformarse rápidamente en un problema político.

Indignado, el pueblo francés se alza, una vez más contra los abusos económico-patronales implementados por la casta política, y arrastra en su indignación a todos los sectores de la sociedad francesa que no han sido escuchados por sus representantes electos cada vez que han exigido que cesen los recortes a derechos sociales que fueron duramente ganados: pensiones dignas, educación de calidad, trabajo garantizado, salud integral, etc.

La protesta social de estas últimas semanas ilustra no sólo el fracaso del control de los medios de comunicación – “Les Nouveaux Chiens de Garde” que tan brillantemente denunciara hace unos años el escritor y periodista Serge Halimi-, sino también la indignación de la gran mayoría de los gobernados, frente a la indiferencia, la sordera y el descaro sin límites de sus gobernantes.     

 En su afán de ganar tiempo, el gobierno de Macron ha argumentado la falta de “organicidad” y la ausencia de interlocutores “válidos” de este movimiento de protesta que partió con una demanda puntual – los transportistas contra el aumento del precio de los combustibles- y que hoy abarca a los más diversos sectores sociales que plantean sus demandas específicas en todos los rincones del Hexágono. El gobierno de Macron, que supuestamente lamenta la ausencia de las representaciones tradicionales de los partidos políticos y los sindicatos con quienes podría eventualmente “dialogar”, desistió por ahora en aplicar el alza a los combustibles.

Hay quienes aluden al carácter “inesperado” de esta explosión de descontento social. Sin embargo, es evidente que la reivindicación puntual de los “chalecos amarillos” abrió la compuerta reivindicativa a un descontento social abonado profusamente por las políticas gubernamentales de ajustes y recortes incesantes de las últimas décadas.  No hay que olvidar, además, que en la última elección presidencial el pueblo francés se vio enfrentado prácticamente a un sistema electoral dual, debiendo optar entre democracia “tecnocrática” y fascismo “lepeneniano” y que, en estas circunstancias, Macron accedió a la presidencia de Francia con apenas un 20% de la votación. Fue una elección que, en suma, solamente postergó la inevitable crisis social y política que hoy sacude a Francia.

Una “sublevación” social que pone en jaque al poder político y económico que representa los intereses patronales y que, vez más, tiene a París como epicentro y al pueblo “memorioso” de París como su mensajero de mejores tiempos.

[1] K. Marx, La guerra civil en Francia (1871)

[2] K. Marx, Ídem

[3] Luise Michel, Ídem.

[4] Louise Michel, La Comuna de París

[5] Halldor Laxness, La campana de Islandia.

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