Cuando detuvieron a Assange…

El destino de Julian Assange, como el de Chelsea Manning o Edward Snowden, trasciende su persona, sus faltas o sus errores. Lo que el poder estadounidense y sus aliados estatales quieren hacerle pagar no es más que haber descubierto la vía de una nueva utopía democrática cuya arma pacífica es el derecho a saber. 

Escribe Edwy Plenel en Mediapart

Erróneamente atribuida al dramaturgo Bertolt Brecht, una parábola inventada justo después de la Segunda Guerra Mundial por un pastor alemán designa al primer aliado de los enemigos de la democracia y de los adversarios de nuestras libertades: la indiferencia, nuestra indiferencia. Con diferentes variantes, enfatiza sobre cómo uno siempre encuentra buenas excusas para no preocuparse por el destino de las primeras víctimas de las derivas o de regímenes autoritarios. En este caso, en el contexto de la década de 1930, la excusa de no ser comunistas para permanecer en silencio cuando vinieron a buscarlos, ni socialdemócratas, ni sindicalistas, ni judíos cuando fue su turno. « Cuando vinieron a buscarme, no quedaba nadie para protestar », concluye la fábula.

Existen muchas razones legítimas para mostrarse indiferente ante el destino de Julian Assange, arrestado el jueves 11 de abril por la policía británica en la Embajada de Ecuador donde se refugió durante casi siete años: las acusaciones de violencia sexual que le apuntan en Suecia; su aventurismo egocéntrico en la gestión de WikiLeaks que se tradujo en un vacío a su alrededor; su deriva deontológica hacia la difusión bruta de documentos, sin trabajo de verificación o contextualización; su oscura complacencia, al menos, vis-à-vis del poder ruso y su juego geopolítico; sus recientes elucubraciones ideológicas en las redes sociales, centradas en el ateísmo, el feminismo y la inmigración.

Sin embargo, ninguna de estas razones resiste frente a la razón del Estado que, durante casi diez años, le persigue. Si los Estados Unidos de América quieren apoderarse del fundador de WikiLeaks, juzgarlo, condenarlo y encarcelarlo, es para castigarlo por haber expuesto su poder, revelando, gracias a la revolución de la tecnología digital, sus múltiples, repetidas e impunes violaciones de los derechos humanos fundamentales en todo el mundo. Hay mucho que temer del comité, durante mucho tiempo secreto, que se creó para rastrear a Assange, y del que trató de escapar en su huida solitaria: lo que pretende criminalizar no es más que la investigación y la divulgación de información de interés público.

Que la « conspiración para cometer una intrusión informática » sea el único cargo que se imputa actualmente a Assange, infracción castigada con cinco años de prisión, no tiene nada de alentador. El objetivo es negar el trabajo de información realizado por WikiLeaks, en colaboración con muchos medios de comunicación serios y prestigiosos, para desprotegerlo de la protección otorgada, desde 1791, por la primera enmienda de la Constitución estadounidense a la prensa y periodistas. Además, este trabajo de revelación, que destapa en particular el lado oscuro de la invasión y la guerra estadounidenses en Irak, se basó en una fuente que ya pagó un alto precio, Chelsea Manning.

Christian Rodriguez, un franco-chileno dando un discurso
en París para la liberación de Julian Assange.

Lejos de ser considerada como una denunciante, al servicio del derecho a saber, fue tratada como una espía, una amenaza para la seguridad nacional. Detenida en 2010, acusada de veintidós cargos, incluido el espionaje y la colusión con el enemigo, encerrada durante dos meses en una jaula en Kuwait, en aislamiento total durante siete meses en una pequeña celda donde la obligaron a dormir desnuda, condenada a treinta y cinco años de prisión después de haber sido declarada culpable de veinte cargos, indultada por Obama al final de su presidencia en 2017 después de dos intentos de suicidio, Chelsea Manning regresó recientemente a la cárcel por negarse a declarar sobre sus vínculos con WikiLeaks y Assange, en el marco de la investigación secreta dirigida contra él.

Nada garantiza que, si es extraditado a Estados Unidos, Julian Assange no se enfrentará a los mismos cargos, ya que la presentación de nuevas acusaciones no ha sido excluida por la justicia de estadounidenses. En cuanto a la administración Trump, su uso cínico de Assange durante la campaña presidencial, incluidas las filtraciones que muestran la manipulación de las primarias demócratas, no impedirá que opte por esta dirección. « Si esto hubiera ocurrido en China, estas personas habrían recibido un disparo en la cabeza en veinticuatro horas – declaró Donald Trump en 2010 tras las revelaciones de WikiLeaks gracias a Manning-. En lo que a mí respecta, es espionaje.» Y para no excluir la sentencia de muerte contra la fuente de WikiLeaks: « Saben, en los viejos tiempos, si usted era un espía, y eso es lo que es, era condenado a muerte.»

Desde el campo republicano hasta varios demócratas, el gobierno estadounidense tiene la intención de convertir WikiLeaks en el ejemplo definitivo para que este tipo de asalto pacífico de su poder, a través de filtraciones masivas, no vuelva a ocurrir. En resumen, para que el reinado absoluto de Goliat se reanude en toda su desmesura pisoteando las frágiles esperanzas del David digital. Lo que está en juego en el affaire Assange no es, por lo tanto, su destino particular, sino el futuro, democrático o autoritario, de la revolución digital. Ninguna tecnología es libertadora de forma automática, son sus usos sociales, políticos y económicos los que determinarán su futuro, emancipador o retrógrado. Y esta es la cuestión central del destino de Assange, como de Manning y Snowden, se trata de un campo de batalla simbólico: la apropiación democrática de las herramientas digitales por parte de los propios ciudadanos o su confiscación autoritaria por la alianza de los poderes estatales y los monopolios económicos.

No es necesario apreciarlos personalmente, y mucho menos apoyarlos a ciegas, para comprender que estas tres personas, que se arriesgaron empujados por la audacia de la juventud, perdurarán como figuras emblemáticas, valientes y vencidas, de esperanzas democráticas alimentadas por la tercera revolución industrial de nuestra modernidad. Al igual que la máquina de vapor, y después la electricidad, la revolución digital abre el horizonte hacia una « nueva era democrática », según la propia fórmula empleada en un informe parlamentario francés de 2016 (leer aquí, en francés), enterrado de inmediato a causa de la audacia profética. Al igual que sus predecesoras, esta nueva era está impulsada por los derechos fundamentales gracias a los cuales los pueblos se convierten de nuevo en dueños de su destino: la libertad de decir y el derecho a saber.

Nuestro Renacimiento, entre Reforma y Contrarreforma

Julian Assange, un joven hacker australiano, siendo su primer teórico cuando apenas tenía treinta años, inventó este arma del débil al fuerte que constituyen los « leaks »(fugas), transmitidos por los « links » (enlaces); Chelsea Manning, una joven soldado de poco más de veinte años, respondió espontáneamente a esta llamada desde una base estadounidense en Irak donde, todavía haciéndose llamar Bradley, fue testigo de actos criminales cometidos por su propio país; Edward Snowden, ex analista de la CIA, asumió el control con apenas veintinueve años, tras haber recopilado sistemáticamente pruebas de un sistema de vigilancia a escala mundial patrocinado por la NSA estadounidense, y organizó él mismo sus revelaciones, recurriendo al apoyo del defensor de Derechos Humanos Glenn Greenwald y de la documentalista Laura Poitras. 

Manning fue denunciada e inmediatamente detenida en 2010; Assange se refugió en la Embajada de Ecuador en Londres en 2012, prisionero voluntario en cierta manera ya que su destino no era envidiable; Snowden permanece atrapado en Moscú desde 2013, rehén no consensual del poder ruso y, nunca se sabe, quizás moneda de intercambio en el futuro. Nueve años, siete años, seis años. Los tres son héroes del derecho a saber, pagando por su defensa un alto precio. Sean cuales sean sus debilidades, sus errores, sus soledades, sus fragilidades, les debemos reconocimiento y solidaridad. Batallaron para dar a conocer al público el destino de pueblos, naciones y sociedades, para que fuera capaz de construir su propia opinión, juzgar los detalles, elegir para actuar, e influir en las políticas de los gobiernos y en los negocios del mundo.

« La publicidad es la salvaguarda del pueblo », proclamó en el verano de 1789 Jean Sylvain Bailly, el primer presidente del Tercer Estado al comienzo de la Revolución Francesa, cuando fue elegido primer alcalde de la Comuna de París. Todo lo que es de interés público debe hacerse público. Al multiplicar sus efectos, la revolución tecnológica, de la cual la digitalización es la fuerza motriz, amplifica la dimensión emancipadora de esta promesa radicalmente democrática. Esto es lo que las potencias instaladas no soportan, ya sea su resorte la dominación estatal o la apropiación comercial.

Desearían que la democracia continuara siendo el asunto de especialistas, competentes y expertos, al servicio de sus intereses y ambiciones, dejándoles actuar bajo la protección del secreto. Es un pensamiento de propietarios, un pensamiento oligárquico, en la encrucijada del tener y el poder, de las potencias y las finanzas, donde, por privilegio de fortuna, diploma o nacimiento, una pequeña minoría se considera más legítima que el pueblo ordinario para hablar y actuar en su nombre.

Al demostrar que la información está al alcance de un teclado, WikiLeaks propuso revertir esta dominación con las armas de la información, del conocimiento y del saber, armas pacíficas vis-à-vis de aquellas de los Estados: violentas, humillantes, ofensivas e hirientes, incluso asesinas. Es esta audacia democrática que, a través del affaire de Julian Assange, los poseedores del orden establecido, en una coalición sin principios donde solo el poder cuenta, quieren sancionar con la esperanza de hacerla desaparecer, aunque sea solo momentáneamente.

En un reciente ensayo, Culture numérique (Cultura digital, Presses de Sciences-Po), Dominique Cardon, autor de la optimista obra La Démocratie internet  (La Democracia de Internet) en 2010, estima que la aparición de lo digital en nuestra vida cotidiana evoca, en lugar de las revoluciones industriales de nuestras modernidades, esta reorganización irrevocable y definitiva que supuso la invención de la imprenta en el siglo XV: « Una ruptura en la manera en la que nuestras sociedades producen, comparten y utilizan el conocimiento ». Fin del monopolio del conocimiento por parte del clero, comienzo de su democratización con, en el proceso, el excepcional Renacimiento, sus grandes descubrimientos, su efervescencia artística, sus pensadores libres y sus libertinos, en resumen, el comienzo de este largo camino hasta la proclamación de un principio universal: nacemos libres e iguales en derechos, sin distinción de origen, condición, apariencia, creencia, sexo, etc.

Un largo camino, en efecto, tanto que las audacias emancipatorias fueron primero mártires antes de ser reconocidas y celebradas. Recordemos a Thomas More, el inventor de la utopía, este lugar de la nada que designa la esperanza aún incompleta, siempre dispuesta a comenzar de nuevo, decapitado en 1535. Recordemos a Giordano Bruno, quemado vivo en Roma, en 1600, por haber concebido un alma del mundo que todo lo anima y genera el movimiento, contra la conquista de Europa sobre el planeta Tierra. 

Recordemos a Michel Servet, también quemado vivo en Ginebra en 1553, porque combatió contra el repliegue autoritario y sectario de la disidencia protestante de Juan Calvino, si bien compartía su revuelta original. Recordemos finalmente a Étienne Dolet, este impresor humanista quemado en la plaza Maubert en París en 1546 porque defendió este acceso libre y plural al saber y al conocimiento.

Ciertamente, la comparación no es razón, y en nuestros días no quemamos en las plazas públicas a los pioneros del derecho a saber. Pero sucede que, en secreto, les torturamos, seccionamos, disolvemos, es decir, les hacemos seguir un destino terriblemente parecido a los casos anteriores bajo la indiferencia general de nuestros gobernantes teóricamente democráticos, baste recordar el martirio de nuestro compañero saudí Jamal Kashoggi.

La revolución digital requiere una Reforma, siguiendo la misma estela del surgimiento del protestantismo frente a la corrupción de la cristiandad, de sus prevaricaciones y sus imposturas. Para frustrarlo, se lleva ahora a cabo una Contrarreforma donde el affaire Assange constituye un verdadero símbolo: hacer retroceder las libertades digitales, demonizar al pueblo que se expresa, mirar con recelo desde las altas esferas a una supuesta multitud para seguir adueñándose de la verdad, protegerse contra el surgimiento de preguntas y soluciones traídas por este « cualquiera » democrático posible gracias al florecimiento de la revolución digital. 

En nuestros tiempos inciertos y frágiles, colectivamente solo tenemos un tipo de protección, la protección que nos brindan estos cuatro derechos fundamentales de reunión, expresión, manifestación y conocimiento. Defenderlos hoy se ha convertido en un compromiso prioritario, y es por esto que el destino de Julian Assange nos concierne. Europa, que no ha logrado estar a la altura de sus autoproclamados valores rechazando ofrecer asilo a los pioneros de nuestras libertades digitales, no debería tolerar la extradición del fundador de WikiLeaks a Estados Unidos. 

La cultura digital, con sus utopías y sus promesas, se enfrenta ahora al desafío de una doble regresión estatal y mercantil, unida en la desconfianza de pueblos indóciles e incontrolables. El invierno digital se acerca, con sus leyes de vigilancia y control, su rechazo de lo participativo y su demonización de las redes, su designación de los pioneros de las libertades digitales como chivos expiatorios de una crispación identitaria y securitaria. El desencanto de Internet analizado por el académico Roman Badouard es también una regresión democrática, entre la pérdida de la fe, la crisis de confianza y la tentación autoritaria.

« Peor que el ruido de la botas es el silencio de las zapatillas »: esta lucidez del dramaturgo suizo Max Frisch resuena como un eco de la advertencia inicial de este artículo: si permanecemos indiferentes ante el destino de los pioneros de las libertades digitales, nosotros seremos las primeras víctimas de su inculpación.

Versión y edición española : Irene Casado Sánchez.




1 comentario “Cuando detuvieron a Assange…

  1. Le Président Français doit faire venir Julian ASSANGE en FRANCE et nous devons le prendre sous notre protection ….Ne pas le laisser aller vers les USA .

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