Día de la Tierra: el capitalismo globalizado, la principal causa del calentamiento global

Los efectos en el clima son ya innegables. Tanto, que las organizaciones globales como la ONU y los países miembros han asumido desde hace décadas que es necesario disminuir las emisiones de carbono. De lo contrario, en pocos años más ya será tarde para frenar el calentamiento.

Escribe en Politika Paul Walder

Este lunes 22 de abril se celebra el Día de la Tierra. El homenaje, instaurado desde 1970, adquiere cada día más fuerza, no por su ritual ni los festejos, sino por la urgencia, ya evidente, de frenar el proceso de calentamiento global y sus efectos sobre el planeta. Con toda la comunidad científica de acuerdo sobre las causas de este fenómeno y con una clase dirigente global ya lo suficientemente informada sobre el proceso y sus catastróficos eventos, la temperatura media de la Tierra continúa en ascenso con el riesgo inminente que el cambio climático ya sea irreversible.

Las alteraciones que ha provocado en el planeta la quema de combustibles fósiles desde la Revolución Industrial, en sus inicios carbón y actualmente petróleo, apuntan a esta actividad como la principal causa del drama que hoy vivimos. Hay una relación directa entre nuestro modo de vida y sus efectos en el medio ambiente, una relación que arriesga nuestra futura presencia, tal como la hemos vivido desde el neolítico, en el planeta.

El punto más crítico en el calentamiento global es la emisión de dióxido de carbono (CO2) aunque la explotación indiscriminada de recursos naturales contribuye a otros fenómenos críticos que afectan los ecosistemas, las especies animales y vegetales y, por cierto, a los humanos. Las mediciones y registros que se realizan sobre la concentración de CO2 muestran un incremento sostenido desde la industrialización, que aumenta de manera progresiva junto a las tasas de crecimiento económico. Durante las últimas décadas este ritmo no se ha apaciguado, con la sola excepción del 2009, año de recesión provocado por la crisis global de las hipotecas subprime.

Los efectos en el clima son ya innegables. Tanto, que las organizaciones globales como la ONU y los países miembros han asumido desde hace décadas que es necesario disminuir las emisiones de carbono. De lo contrario, en pocos años más ya será tarde para frenar el calentamiento. La superación en pocos grados la temperatura actual desatará alteraciones que harán muy difícil la vida futura en el planeta. Un escenario que conoce, o debiera conocer, desde hace mucho tiempo toda la clase dirigente.

Ha sido el movimiento ecologista el que ha levantado desde finales del siglo pasado la alerta. Pero su activismo no ha sido suficiente, o fue errado. Hoy, cuando el fenómeno ya tiene un carácter de urgencia, es posible observar de manera crítica las equivocaciones que cometió este movimiento al no enfrentar directamente sus causas: el modelo capitalista desregulado y hoy globalizado.

Los movimientos ecologistas tradicionales evitaron un enfrentamiento directo con las fuerzas políticas y, principalmente, con los dueños del capital. Esta evasión ha tenido como consecuencia la apropiación de las medidas para enfrentar el calentamiento global por las clases políticas que conviven muy bien con los programas de las grandes corporaciones y el sistema financiero mundial. De ahí políticas como los bonos de carbono, inversiones de las cuales han gozado inversionistas y especuladores y que poco han hecho para frenar las emisiones de carbono.

El curso que han seguido los acontecimientos durante los últimos años ha sido desastroso. No solo las emisiones no dan tregua, sino también asistimos a una degradación en todo su sentido de las clases gobernantes, hoy expresada en un poder detentado por banqueros, especuladores, corruptos de toda ralea y hasta comediantes. Si las decadentes socialdemocracias se han dedicado a mirar hacia otro lado cuando le han enrostrado la gravedad de los registros, ha comenzado a controlar las políticas nacionales y mundiales actores que hacen de portavoces de las corporaciones y del gran capital. El caso más significativo es Donald Trump y Jair Bolsonaro, que han optado por la ceguera, la ignorancia y la negación, porque sí, del calentamiento global.

Trump y la ultraderecha inscrita en movimientos como el Tea Party actúan como si Estados Unidos, el mayor responsable de las emisiones, no fuera parte del planeta Tierra. El retiro de esta nación el 2017 del Acuerdo de París es posiblemente el evento más significativo en el ideario conservador y el que marca el momento presente para el movimiento ambientalista, hoy retomado por nuevas generaciones que observan que no tendrán un futuro más o menos tranquilo sobre la faz de la Tierra. La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París se instala como el momento en que el gran capital le declara la guerra al mundo y a sus habitantes. De cierta forma, debemos agradecer a Trump por haber transparentado el plan: el modelo capitalista basado en la quema de combustibles fósiles no dará tregua.

El capitalismo en su actual fase actúa como una religión. Y una religión tiene creencias que resisten a cualquier evidencia que pueda alterarlas. El modo de vida que desarrolló Estados Unidos apoyado en los combustibles fósiles, se ha levantado como el paraíso en la Tierra. Un modelo que el proyecto de globalización económica y financiera se ocupó de exportar. Como consecuencia, apertura de mercados e integración de todas las naciones del mundo al mismo sistema y aumento sin precedentes de las emisiones, de la explotación de recursos naturales y de la mercantilización de todo lo existente. Sobre esta base, que mezcla el conservadurismo y el miedo, se ha instalado el negacionismo climático, hoy difundido mediante mentiras a través de la prensa afín y las redes sociales.

Ante la fusión explícita de estos grupos gobernantes con los intereses del gran capital y ante el temor de perder sus vínculos con las corporaciones de otra clase política, cualquier cambio a los crecientes niveles de emisiones no pasa por este poder en decadencia. El freno al calentamiento global pasa por un cambio radical de las fuentes de energía y el reemplazo del modelo neoliberal globalizado, un impulso que toma fuerza desde las millares de localidades que ven afectados sus territorios por el impulso de esta nefasta globalización que solo ha favorecido a las elites y su insondable codicia.

Estamos ad portas de un camino sin retorno a la más grave transformación que ha sufrido la Tierra desde el descubrimiento de la agricultura y las primeras tecnologías. Si los movimientos sociales no logran hacer crecer con fuerza sus demandas por un freno al capitalismo y su despilfarro de recursos naturales esta vez ya será tarde. Ante la urgencia, la única posibilidad es el levantamiento de todos nosotros, los terrestres, en la defensa de la Tierra, nuestro único hogar.




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