¿Qué estamos haciendo para enfrentar el cambio climático?

Por Ricardo Andrés Moreno Pelizari

«El cambio climático es real y hay que actuar ahora». Ese es el slogan de la popular campaña recientemente impulsada por los jóvenes que se preocupan por el medio ambiente. Pero ¿qué entendemos por cambio climático? ¿Qué características de este fenómeno se están ya manifestando? ¿Qué está pronosticado? ¿Cómo podemos responder? ¿Podremos sobrevivir? Aunque hay algunas cosas que sabemos al respecto, las respuestas a estas simples preguntas no son discutidas en forma completa y prioritaria en el debate social, a nivel político o mediático.

Es bueno partir por aceptar que el cambio climático es una realidad que empezó a manifestarse hace un par de décadas, y que es posible observarlo desde distintas disciplinas. La principal causa de esto, según muchos científicos, es el aumento de las emisiones de CO2. La mayoría de los científicos pronostica que el cambio climático seguirá teniendo efectos devastadores en todo el mundo.

Actualmente no existen soluciones tecnológicas que permitan dejar de emitir CO2 a corto plazo, y tampoco hay buenas medidas políticas y económicas para disminuir significativamente las emisiones globales. A pesar de las negociaciones y de la condena pública de organizaciones internacionales, los países que más emiten C02 no están dispuestos a comprometerse a disminuir sus emisiones.

Aunque la discusión sobre el cambio climático lleva ya bastantes años, hay aspectos muy importantes que no están presentes en el debate popular. Por ejemplo, desde hace años se sabe que los océanos tienen una gran “inercia térmica”, esto significa que, por la acción de los océanos, la tendencia de calentamiento es difícil de romper, pues el agua tarda mucho más que el aire en enfriarse. Los océanos guardan calor.

Según los modelos más optimistas, si las emisiones de CO2 cesaran en su totalidad y abruptamente el día de mañana, la temperatura seguiría aumentando por varias décadas, al menos por 40 años. Pero hay científicos que dicen que este efecto podría durar más de 100 años.

¿Qué significa aceptar que exista la inercia térmica de los océanos? Significa aceptar que los eventos meteorológicos extremos que estamos presenciando seguirán aumentando en intensidad y frecuencia durante el resto de nuestras vidas, a pesar de todos los esfuerzos que se hagan para disminuir las emisiones de CO2.

Las conclusiones de los debates acerca del cambio climático han subrayado que la urgencia de disminuir las emisiones de CO2 (descarbonización) y la priorización de la asignación de recursos para adoptar los planes de descarbonización se justifican porque esa es la única forma de asegurar la vida de las futuras generaciones.

Pero no se puede pensar en diseñar un buen futuro para las próximas generaciones si la población actual no está preparada para sobrevivir estas décadas que, según los modelos científicos, vienen cargadas de catástrofes.

Si nosotros no nos preparamos adecuadamente, no existirán futuras generaciones. La estrategia del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) no contempla un plan de emergencia. Por ilógico que parezca, se pretende disminuir las emisiones de CO2 e instaurar una economía global sustentable asumiendo que las condiciones climáticas actuales se van a mantener, es decir, están planificando el futuro como si el cambio climático no fuera cierto.

Los eventos meteorológicos extremos que han ocurrido en todo el mundo, y de los cuales hemos sido testigos por los medios (inundaciones, huracanes, tormentas de granizo, nevazones extremas, etc.) no sólo afectan a la población de forma directa, dejando lesionados y víctimas fatales, y causando la destrucción de viviendas y distintas estructuras, aumentando la pobreza y la desigualdad, sino que también crean las condiciones ideales para el desarrollo de distintas enfermedades, tanto para la población humana como para el resto de los seres vivos domésticos y silvestres. El sentido común nos hace lamentar colectivamente las consecuencias visibles de tales catástrofes. Pero casi no se habla de los daños directos e indirectos que causa el cambio climático a la producción de alimentos tanto para los humanos como para los animales domésticos.

El IPCC habla superficialmente de agricultura sustentable, menciona la adaptación de la agricultura a un panorama que será cambiante, pero no asume que ese panorama ya cambió y que, según sus propios pronósticos, claramente va a empeorar.

El momento que vivimos ya es difícil para la producción de alimentos. Los eventos meteorológicos extremos ya han causado suficientes pérdidas para la agricultura, ganadería, piscicultura y pesca como para preocuparse. En todo el mundo se están perdiendo plantaciones y cosechas a un ritmo tal que pronto se verá amenazada la producción de alimentos básicos. No solamente se han perdido producciones completas de ciertos cultivos, sino que el daño en los suelos producto de las inundaciones (o la sequía en otros casos) podría tardar años en repararse, disminuyendo la superficie cultivable, provocando la quiebra de muchos agricultores y dejando las despensas vacías. Analizando mínimamente la situación, y tomando en cuenta que esto va a ir empeorando, se hace evidente que la tarea de establecer cadenas alternativas de producción de alimentos debería tener más protagonismo que la tarea de reducir las emisiones de CO2, pero, por alguna razón, esto no ha sido así.

¿Por qué esto no es central en el debate público? ¿Acaso puede existir desarrollo sostenible sin asegurar la producción de alimentos?

Mi deseo es que este debate se inicie ahora, y que pronto se masifique y se discuta a nivel político. Si seguimos centrando nuestros esfuerzos en disminuir las emisiones de CO2 y no trabajamos ahora por generar las condiciones de nuestra supervivencia, los humanos seremos una más de las tantas especies que se extinguirán, y eso probablemente será mucho antes de que nuestros intentos por modificar el curso del cambio climático tengan algún efecto.

Es imposible tener todas las variables de este fenómeno bajo control, y no podemos llevar a cabo todas las medidas que podamos concebir, porque los recursos que tenemos son limitados. Es imprescindible aceptar esta realidad. Por eso es crucial priorizar y elegir muy cuidadosamente en qué se invierten los recursos, a todo nivel, especialmente en países pobres como el nuestro.

En mi opinión, solamente los países desarrollados deberían intentar descarbonizarse, si es que lo juzgan oportuno, pues son los responsables de la mayoría del CO2 emitido. La lógica indica que son los países desarrollados los que deberían liderar el proceso y, luego de tener cierto éxito, podrían sumarse los países pequeños, pero se ha hecho evidente que los países grandes no están interesados en asumir los objetivos propuestos. Por lo tanto, avanzar marginalmente hacia la descarbonización sólo incrementaría la desigualdad con respecto a los países desarrollados, pues además son ellos mismos los que venden la tecnología que los otros países deben implementa

Las medidas de descarbonización empobrecen aún más a los países pobres que, además, según los modelos climáticos, en general se verán más afectados por el calentamiento global, por su ubicación geográfica. Descarbonizar es muy costoso, no sólo inicialmente, sino que luego viene un costo que debe asumir el usuario para siempre, pues significa usar una tecnología que no está totalmente desarrollada, de bajo rendimiento, que encarece los costos fijos de todos los habitantes. Esto es algo que se ha visto claramente en Alemania y sobre todo en Australia. Las medidas de descarbonización dificultan el desarrollo de los países, aumentando la deuda y la desigualdad. No se le puede exigir lo mismo a un país latinoamericano que a Noruega, por ejemplo.

Además, hay que tener presente que, según los expertos, Chile contribuye solamente con el 0,25% de las emisiones globales de CO2, esto quiere decir que si Chile se descarbonizara por completo, el impacto de ese sacrificio sería cero.

Para cualquier país no desarrollado como el nuestro debería quedar claro que la primera estrategia válida para enfrentar el cambio climático es intentar salir del subdesarrollo y disminuir la desigualdad.

Es urgente establecer planes de contingencia ajustados a la realidad actual y a lo que se pronostica, para lograr subsistir en un muy probable escenario en el cual no podremos disponer de las comodidades a las que estamos acostumbrados. Es necesario preparar a la población y disponer de reservas para evitar la escasez de alimentos y agua, y aprender a mantener la calma en escenarios adversos. La población que se prepare adecuadamente podría no sólo sobrevivir sino incluso obtener ventaja de la situación.

Somos un país frecuentemente remecido por eventos extremos, sin embargo, estamos muy poco preparados para las catástrofes. Las medidas a corto plazo para responder a catástrofes puntuales no están muy elaboradas, y la población no las conoce bien. Pero la discusión sobre qué hacer ante situaciones catastróficas prolongadas, como quedar sin suministro eléctrico por semanas o meses, o la escasez de alimentos, esa importante discusión no existe en Chile. Hay varios países que llevan años preparándose para enfrentar grandes tormentas solares que destruyan las telecomunicaciones y el suministro eléctrico. Ante un corte generalizado de la electricidad, ¿cuántas horas podría aguantar Chile sin entrar en pánico? ¿Cuánto tardaría en instalarse el caos? Para responder esto basta recordar la situación del terremoto del 2010 en la región del Biobío, en donde tan sólo algunas horas después del evento, producto de la falla de las telecomunicaciones y el corte del suministro de los servicios básicos, se generó en ciertos sectores una anarquía social comparable con las peores fantasías post-apocalípticas.

Las catástrofes que vendrán no están en duda, no sabemos cuándo ni dónde se presentarán primero, pero sabemos que vendrán, por lo tanto, es posible y vale la pena estudiar cada posibilidad en cada lugar geográfico, para generar planes de preparación y respuesta adecuados para cada población pensando en situaciones crónicas.

Las medidas más importantes deberían ser: establecer una cadena alternativa de producción de alimentos, asegurar la provisión de agua, acondicionar los hogares, preparar a la población para los posibles escenarios catastróficos, reubicar a las personas que vivan en zonas de riesgo (borde costero, cerca de los ríos, zonas con peligro de derrumbes o aluviones, cerca de los volcanes, etc.) y sobre todo, fomentar la autonomía de la población, estimulando la creación de comunidades locales que presenten soluciones locales a problemas locales, fortaleciendo las redes y estructuras ya existentes.

En muchas tribus antiguas el máximo castigo que podía tener una persona era el aislamiento. En otros tiempos, las personas sabían sobrevivir a la intemperie, sin tecnología y en situaciones naturales extremas, de mucho mejor forma que ahora, pero, aun así, la pena de aislamiento muchas veces era sinónimo de sentencia de muerte. Los seres humanos no estamos diseñados para vivir aislados, y ciertamente no podremos sobrevivir de forma individual o en pequeños grupos, por mejor preparados que podamos estar. Es por eso que cualquier plan de preparación debe incluir la integración comunitaria.

La difusión de la información sobre cómo prepararse y adaptarse a estos nuevos tiempos debería ser consistente y persistente. Durante los noticiarios, cuando hay pronóstico de lluvias, los conductores no tienen problema en repetir periódicamente que va a llover. Pues bien, el cambio climático no es realmente un pronóstico, es algo que ya está sucediendo. Este debería ser el tema más importante en cada noticiario, o al menos debería ser una prioridad en el programa de gobierno de cualquier nación.

Lamentablemente, los espacios que se han ganado para discutir estos temas no se han aprovechado para hablar de lo que es realmente trascendente: nuestra supervivencia.




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