La realidad chilena falsificada y distorsionada

El segundo gobierno del presidente Sebastián Piñera está cumpliendo sus primeros 15 meses en que lo más resaltante,  a falta de argumentos, ha sido la profusión de eslóganes vacíos y juegos de palabras elaborados por agencias publicitarias como parte de su estrategia envolvente para embaucar desvergonzadamente a la gente honesta pero ingenua.

En este tiempo han proliferado las frases de fantasía y los vocablos de ficción, como “Chile lo hacemos todos”, “Chile avanza”, “calle segura”, “compromiso país”, “admisión justa”, “aula segura”, etc., que no solo se alejan de la realidad sino que están destinados a encubrir las verdaderas necesidades en cuanto a bienestar y dignidad para las mayorías.

   Actualmente,  en medio de tanta palabrería vana, están fuera de foco los temas relevantes: nueva Constitución generada por una Asamblea Constituyente que reemplace al bando militar impuesto por las armas en 1980 que incluye el modelo neoliberal; democracia plena en lugar del mercado agresivo contra la población desposeída; distribución de la riqueza concentrada en unos pocos provocando una abismal desigualdad; restitución de los derechos ciudadanos conculcados y recuperación para el Estado de sus valiosos recursos naturales, como el agua y el cobre.

  En este Chile distorsionado persiste omnipresente la institucionalidad de la dictadura con sus cargas de corrupción, inequidades,  abusos  y delincuencia de cuello y corbata. La casta política tradicional lo observa todo sumida en un silencio cómplice y profitando en la medida de lo posible, en tanto se espera aún una reacción masiva y unitaria  de la ciudadanía que recién comienza a reposicionarse luego de su despolitización durante la época del terrorismo de Estado.

  Como parte de la pirotecnia ahora está sobre el tapete el programa  “Clase media protegida” que impulsa el presidente de la Republica mientras rige el sistema neoliberal aplicado a ultranza contra el pueblo. Ese nombre rememora la “democracia protegida” que se le ocurrió al dictador en los tiempos oscuros de la historia reciente, que se tradujeron en el exterminio de miles de compatriotas.

   Para difundir el citado programa se ha orquestado un despliegue comunicacional digno de mejor causa, porque se le considera un hito clave para 2019. No le hace bien a La Moneda este tipo de montajes en torno a un proyecto que se limita a agrupar una serie de iniciativas que son una ilusión para la clase media bajo un titular sin sentido.

   Enriquecido por los negocios derivados de la especulación y las redes de influencia,  Piñera no habla de las clases sociales separadas por colosales diferencias en los ingresos y la posesión del dinero, bienes y patrimonios. Nunca ha dicho que estamos en un país altamente desigual y concentrado económicamente, como ninguno. Ni ha reconocido que el 1% – la clase altas – se queda con el 33% de las riquezas que corresponderían a toda la población,  y que los 5 mayores multimillonarios del país (entre los que él se encuentra) acaparan en conjunto 30 mil millones de dólares.

   Tampoco se da por enterado de que hay una numerosa clase baja o popular que ni siquiera trabajando duro toda su vida alcanzaría algún pequeño porcentaje de esa cantidad. Allí están los 20 mil indigentes que viven en la vía pública (“en situación de calle”), las 46 mil familias en el hacinamiento de los campamentos de tránsito y los casi 2 millones de personas en viviendas sin agua potable ni otros servicios básicos. Es la miseria de multitudes de pobres, denominados por el piñerismo como “grupos vulnerables”.

  El presidente tiene la percepción de los sectores medios que es la que le dan sus amistades como Andrónico Luksic, el hombre más rico de Chile y propietario de cuanto se le viene en ganas. Luksic, clasista por formación, cree que la gente de nivel medio tiene con facilidad un segundo auto, buenos ahorros en el banco y hasta una casa en la playa para ocuparla durante las vacaciones en los meses de verano…

   Ese voluntario desconocimiento de la realidad lleva a los mayores magnates, el mandatario y sus amigos, a disponer políticas que solo dan más poder a la minoría opulenta. La red que hoy está instalando el gobierno es un conjunto de medidas, muchas de ellas existentes desde hace años, para mostrar – en el papel – su aparente preocupación por quienes no les importan, invisibilizando a la vez la precariedad y la pobreza extrema, aquellas que no tienen oportunidades, expectativas ni futuro.

   Esta sociedad patronal abre espacios a fuertes expresiones clasistas, como la de la senadora de ultraderecha Jacqueline Van Rysselberghe. La presidenta de la UDI (autodenominada “UDI popular” o gremialista) emplea en forma despectiva el término “patipelados” para referirse a personas sin recursos económicos, lo que los estratos dominantes repelen.

  Por de pronto, a Piñera sus anuncios y promesas no le dan el rédito esperado en materia de popularidad. Según la encuesta Criteria de comienzos de junio su aprobación ciudadana es solo de un 28%, el porcentaje más bajo de un presidente que ha empezado a gobernar hace poco más de un año: en  política, al menos, para Piñera no se vislumbran los “tiempos mejores”.




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